La historia tabacalera de Cuba

A diferencia de la caña de azúcar y el café, el tabaco es una planta endémica de Centroamérica y los nativos aborígenes de la isla de Cuba ya lo conocían. El tabaco proviene del altiplano andino y las culturas precolombinas lo utilizaban con fines recreativos, principalmente mascándolo. De hecho, el primer contacto documentado del viejo mundo con esta planta sucedió precisamente aquí. Los indios nativos lo fumaban  enrollando sus hojas en un contexto ritual.

Los españoles inician con el cultivo de tabaco propiamente dicho, pues los nativos se limitaban a la práctica de recolección del mismo. Inauguran la primera plantación en Cuba a principios del siglo XVI y comienzan a exportarlo a España. En menos de un siglo, la costumbre de fumar ya estaba ampliamente extendida en Europa, y posteriormente en Asia y África.  Casi de inmediato comenzó a regularse el comercio de tabaco pues al ser un producto muy socorrido era propicio para el impuesto arancelario.

Por su procedencia aborigen - en particular  de la etnia de los taínos, que usaban el tabaco con fines medicinales y ceremoniales-   en muchos lugares fue considerado como una hierba del demonio y experimentó severas prohibiciones, que sin embargo no frenaron la expansión de su consumo.

Cuando el español adopta esta costumbre, pierde su sentido ritual y se convierte en una práctica cotidiana en Europa y sus colonias con una velocidad impresionante.  Sin embargo, se le atribuían capacidades curativas para remediar el asma y la congestión de las vías respiratorias al inhalarlo, así como inmediatos efectos de relajación. También se creía que las hojas secas y pulverizadas esnifadas por la nariz, embotaban la sensibilidad al dolor y duplicaban la energía de quien así las consumiera.

 

El Habano cubano y su manufactura artesanal

Luego de que los conquistadores españoles se asentaran en la isla y disminuyeran el ritmo de explotación de oro y minerales preciosos, una de las industrias más importantes que se desarrolló fue la tabacalera. El tabaco, a diferencia de la caña que era cosechada principalmente por esclavos negros, lo comenzaron a sembrar emigrantes españoles, en su mayoría campesinos pobres.

Con los años, se extienden las plantaciones de tabaco al resto de América, sin embargo ninguno alcanza la calidad del que se cosecha en la isla.  El habano hace referencia en su nombre a que es un puro que proviene precisamente de la capital de Cuba: La Habana. Es un cigarro grueso de puras hojas enrolladas de tabaco. Su denominación de origen implica que para que sea considerado como tal, todo el tabaco del que está compuesto y su entera manufactura debe de provenir de Cuba. El Habano, por las peculiaridades de la tierra y el clima de la isla, es el mejor del mundo y no ha podido ser emulado en ninguna otra parte.

El proceso de manufactura del Habano es largo, complejo, e implica manos de artesanos o “torcedores” expertos. La planta de tabaco se deja crecer por espacio de tres meses, más o menos. Posteriormente, las hojas se desecan, para culminar con su secado. Finalizada esta etapa, se remueve la varilla de fibras vegetales que atraviesa la hoja y se clasifican según su tamaño y nivel de secado. Se procede entonces al añejamiento. Luego se “tuerce” el puro y se deja secar otro tanto.

La industria del tabaco alcanza su auge mercantil en Cuba a finales del siglo XVII, y produce hoy por hoy más de trescientos mil Habanos de calidad Premium al año. Un tercio de esta producción se importa al resto del mundo