A finales del siglo XVIII se dio una migración franca haitiana hacia Cuba. En América Latina se llevó a cabo el primer movimiento revolucionario, que permitió la abolición de la esclavitud y fue la única rebelión de los esclavos que tuvo éxito en la historia. Se proclamó el Primer Imperio de Haití, dejando de ser una colonia de castas.

Los colonos franceses junto con sus esclavos llegaron a Cuba y se ubicaron en las zonas cafetaleras. De ahí la costumbre de tomar esa tacita de café tan cubana en todo el país.

Con la llegada de la gastronomía francesa, en los platillos criollos se instalaron las salsas, las especias y los hongos, que eran cultivados por los mismos colonos. Durante los inicios del siglo XX, cuando la burguesía criolla empezó a viajar hacia Francia, se comenzaron a ver familias pudientes, que traían chefs franceses que cocinaban exclusivamente platillos galos e introdujeron las delicias de la pastelería francesa.

Así, en los restaurantes de grandes hoteles como el Hotel Nacional, el menú incluía deliciosos platillos franceses como Camarones flameados. No faltaban los vinos traídos del Viejo Mundo y se hicieron comunes las uvas, manzanas y no faltaba la pastelería francesa. De esa forma se heredó la costumbre francesa de finalizar la comida con un delicioso postre y un café.

Otra huella francesa en la cocina cubana es la presencia de las salsas en diferentes platillos, como la salsa Bechamel; sin poder olvidar algunos asados a base de ajo y platos de vegetales.

El arte culinario cubano es un mosaico donde se ha insertado la cultura de varias nacionalidades, enriqueciendo la gastronomía criolla.