Un plato compuesto por arroz, tomates, huevo frito, plátano se ha convertido en uno de los tantos símbolos de la gastronomía cubana. Las influencias se cruzan entre la dotada por la española y las adaptaciones africanas que se han combinado para añadirle mucho sabor a la sazón de la cocina isleña. Para los cubanos, como centroamericanos, un plato sin plátanos es como un mojito sin ron, una combinación que de be darse sí o sí.

El arroz en la cocina cubana es un acompañante de los platos de la isla, que ya data por más de 300 años de su uso. El manual de cocina cubana de Juan Cabrisas (1958), relata que este plato en sus orígenes, a eso de 1870, como primer registro, se preparaba con arroz cocinado con manteca de cerdo para lograr la consistencia libre y evitar se pegara como una masa. Luego, a finales del siglo XVIII se empezó a incorporar huevos, plátano frito, picadillo o salsa de cualquier guiso.

Posteriormente, ya iniciado el siglo XIX, Cuba aún se mantenía como colonia española, por lo que la llegada de algunos ingredientes esenciales se paralizaba por las disputas por el territorio entre los patriotas locales, los realistas y los estadounidenses; es preciso el relato de un estadounidense, Samuel Hazard, escritor, quien cuenta en uno de sus libros “Cuba con pluma y lápiz” (1871), que recién se servía en la isla, en especial hoteles y fondas, desayunos y cenas a base de huevo cubierto de una salsa de tomate, entre otros guisados.

Luego de lograr la independencia, avanzado el siglo XIX, se empezó a socializar los ingredientes entre las barriadas cubanas, lo que empezó con un plato básico de arroz blanco con huevo, se le añadió los tomates y el sabroso plátano macho.